Ayuda del más allá

 
 

Intervenciones del otro lado

 

Son muchas las intervenciones de algo o alguien del más allá cuando una persona está en una circunstancia comprometida. Si dejaran que estos casos salieran a la luz y se divulgaran entre las masas, la nueva religión para el pueblo, “la ciencia”, estaría perdida y haría el ridículo si no saliera de los límites de la materia.

 

Para mantenernos alejados de la realidad mayor, los agentes de la Serpiente (la élite oculta) nos esconderán, a ser posible, todas estas intervenciones, quemarán bibliotecas que nos puedan abrir los ojos a una verdad más amplia no limitada a la materia, tal como hicieron hace unos pocos años con la biblioteca de la Dra. E. Kubler Ross, intentarán hacernos creer que lo que creímos que ocurrió fue una alucinación, que estamos locos, etc. Estos agentes no abordarán los porqués de los hechos que no pueden explicar con lo que su “ciencia” les enseñó como lo único cierto y tan solo marginarán estos hechos.

 

Muchas de estas intervenciones tan solo suponen el que la misión personal de alguien que aún tiene algo importante que hacer para nuestro mundo y para el Universo, ya que Todo es UNO, dista de concluirse, por lo que alguien de otra dimensión más sutil  interviene momentáneamente* para que no nos suceda algo que no habíamos planeado anteriormente junto con nuestros guías (algunos los llaman ángeles).

 

Las intervenciones de este tipo se cuentan por miles en nuestros días. Recuerdo el caso de un amigo que es bien conocido por sus investigaciones de lo paranormal quien de niño se estaba ahogando en el mar y algo le elevó y le empujó fuera del agua.

 
*a pesar de la regla de la no intervención que sigue la gente positiva de los otros mundos, sean más sutiles o no
 
 
 

Como ejemplo, mostraré una de las intervenciones que recogió Miguel Pedrero en su libro “Dios Existe”:

 

   --Más sorprendente todavía es la experiencia que le tocó vivir a Mise Martín. A principios de los años noventa, en un mes de julio, se encontraba de vacaciones en la localidad valenciana de Gandía cuando decidió darse un chapuzón en la playa del mismo nombre, situada cerca del puerto, y ocurrió lo que sigue:

Serían más o menos las cinco de la tarde, y había una mujer y su hija nadando junto a mí. Las nubes cubrían el cielo, por eso casi no había gente en la playa. El agua estaba en calma, pero de pronto se formó un remolino que incluso arrastró arena desde el fondo. Ellas lograron salir, pero ni siquiera se fijaron en que yo estaba en dificultades. Al principio no tuve ningún miedo porque pensé que no me resultaría muy difícil alcanzar la orilla. Pero me equivoqué. A pesar de todos los esfuerzos que hice, el remolino me iba arrastrando hacia dentro del mar. Cada vez veía la playa más lejos, como algo muy pequeño casi al final de mi campo de visión.

Rezaba para que apareciera algún barco o un helicóptero que me salvara, pero después de cuatro horas luchando en vano contra la corriente, me rendí. Estaba anocheciendo y yo perdí toda esperanza. Me acordé de mi madre y mi hermano, y comencé a escribirles una carta mentalmente, antes de abandonarme y dejarme caer al fondo. Acepté que en no demasiado tiempo me iba a ahogar, que mi vida terrenal había llegado a su fin. Entonces sentí un golpe muy fuerte en mi hombro derecho, como si me hubieran sacudido con una mano, pero sin ninguna compasión, e inexplicablemente me encontré en la orilla de la playa saliendo del agua. Estaba flexionada, con un pie en el agua y otro en la arena. No me lo podía creer. Miré para atrás, hacia todos lados, pero no vi a nadie. Lloré y recé, dando gracias a Dios por haberme dado otra oportunidad--

 
 
*a pesar de la regla de la no intervención que sigue la gente positiva de los otros mundos, sean más sutiles o no
 
 
 
 

UN ÁNGEL* EN NUEVA GUINEA

Tomado de Barry Hoare de Cairns, en Queensland, Australia.

 

En 1963 mi esposa y yo fuimos a trabajar como misioneros laicos en el Vicariato de Wewak en Papúa Nueva Guinea.

Estábamos apostados en una estación misionera llamada ‘Roma’ en la zona del río Sepik con un sacerdote irlandés, el Padre Patrick Hallinan.

Muchos fines de semana mi esposa y yo caminábamos a las estaciones misioneras cercanas para visitar al sacerdote o a las monjas.

En un fin de semana especial fuimos a una misión en Ulupu a unas cuatro horas y media a pie por el monte a visitar a un sacerdote llamado Padre Knorr.

Almorzamos con el padre, escuchamos algunos de sus relatos, y pasamos la tarde con él. Como la tarde avanzaba nos invitaron a pasar la noche, pero decidimos caminar a casa. Teníamos una linterna para ayudar a mostrar el camino porque la noche avanzaba. Poco después de salir de la estación de la misión y caminar cuesta abajo por un tiempo, cruzamos un pequeño río. Luego de cruzar este río apareció una tormenta muy fuerte, el cielo se oscureció y comenzó a caer una fuerte lluvia sobre nosotros.

Estuvimos bajo la lluvia durante un tiempo, que era totalmente oscuro y saqué la antorcha de mi mochila. Con la lluvia torrencial, la antorcha dio un par de destellos y la luz se apagó, dejándonos en la más completa oscuridad bajo la lluvia torrencial. Nos preguntábamos cuál era la mejor cosa para hacer, volver no era una opción debido a que [nos dimos cuenta] el pequeño río se convirtió en un torrente furioso.

Mientras estábamos pensando de repente me di cuenta de que algo ardía en lo alto de una colina a unos 150 metros por delante de nosotros -una luz muy brillante en la oscuridad. Empezamos a caminar hacia ella y mientras lo hacíamos la lluvia se detuvo. La luz se mantuvo y pronto nos encontramos con un hombre nativo que sostenía un iluminación ‘boom-boom’ – una rama de palma del cocotero, que da muy buena luz y arde por tal vez tres o cuatro minutos. Él habló con nosotros en Inglés pigin “yu go pela wer?” (“¿a dónde van ustedes dos?”). Respondimos que nos dirigimos a la estación de la misión de Roma. Luego nos dijo, en pigin, que nos llevaría por un atajo.

Y nos pusimos en marcha tras él y la rama de palmera que iluminada la selva. Fuimos arriba y abajo por unas colinas y atravesamos algunos arroyos pequeños. Dentro de lo que pareció un tiempo muy corto llegamos a la localidad de Saigisi a media hora de casa. Las nubes de la tormenta habían desaparecido y ahora había un cielo de luna iluminada. Todo el camino que había tomado cuatro horas y media se terminó ahora en alrededor de una hora.

No fue realmente sino hasta muchos años más tarde cuando empecé a reflexionar sobre el ministerio de los ángeles que todo este episodio vino a mi mente.

Durante nuestro recorrido con el guía puedo recordar su siempre cambiante luz boom-boom. Todavía puedo verlo de pie en la colina con la luz en la mano, nos hacía señas hacia él. No sentimos ninguna sensación de miedo mientras nos abría el camino y en la maleza de la selva. Quedamos asombrados por haber terminado tan rápido el viaje con él.

¡Qué Dios maravilloso que nos envía a sus mensajeros para cuidar de nosotros!”

Ellos vienen cuando hay desesperación, cuando hay una necesidad urgente. Son tan sutiles que su presencia es a menudo entendida sólo en retrospectiva. Y uno se ve que vino con ¡una antorcha de cuatro minutos que duró una hora y ardió en la lluvia!

 
*ángel o aggelos, realmente significa enviado
 
 
 
LAS INTERVENCIONES INEXPLICABLES DE SERES DEL MÁS ALLÁ NO SON ALGO PRIVATIVO DE LAS DISTINTAS RELIGIONES, ES DECIR, ESTAS INTERVENCIONES PUEDEN SUCEDERLE A UNA PERSONA DE CUALQUIER RELIGIÓN. 
  Para que existan posibilidades de que se produzcan es importante pedirle a Dios o a otro ser de elevado nivel que nos salve y tener gran deseo de seguir viviendo por alguna razón importante, de carácter altruista principalmente; si aún no era la hora de alguien a quien le queda algo importante por hacer en su vida, entonces no hará falta el pedir; de hecho, a nadie le da tiempo a pedir cuando se da el caso de que alguien nos detiene justo antes de que algo caiga que nos hubiese matado o malherido.
  También es importante para recibir ayuda, además de pedirlo a Dios o a un Ser Superior, el comprometerse a hacer algo positivo, de bien para alguien o para todo el mundo, en caso de ser salvado, esto es, una promesa.
  NO IMPORTA QUE LLEVEMOS CON NOSOTROS EL ENGAÑO DE PEDIRLE A UN DIOS AJENO A NOSOTROS; CUANDO PEDIMOS REALMENTE QUIEN ESCUCHA ES NUESTRO DIOS INTERIOR O NUESTRO YO SUPERIOR.

 

SALVADO EN EL MAR

 

En abril de 1993, Don Spann y John Thomson zarparon del puerto de Charleston, en Carolina del Sur, en el barco de cuarenta y seis pies de Don, el Perseverance, para hacer un crucero de rutina de dos días hacia Fort Lauderdale, Florida.

  Sin embargo, en la mitad del segundo día se nubló y el océano se puso agitado. John T. estaba al timón mientras que Don se hallaba sentado en la popa. Irónicamente, aunque Don siempre hacía hincapié a los empleados de su compañía, Span-America, sobre las medidas de seguridad, su chaleco salvavidas estaba a un costado del asiento.

  El velero se mecía violento sobre las olas. Don se había puesto de pie cuando una enorme ola golpeó sobre cubierta. Sin equilibrio rodó hacia uno de los costados del barco, golpeó la plataforma trampolín y se cayó a las aguas del océano.

  El Perseverance ya había pasado cuando Don salió a la superficie. Frenético, hizo un fuerte silbido, señas con los brazos y gritó.

  -¡John T.! ¡Estoy aquí! ¡Vuélvete! -Pero la embarcación siguió su camino, con John T., que miraba hacia adelante y no se había dado cuenta de la caída de Don. Don lo observó durante el paso de cinco o seis olas más, oyó un poco más el motor. Después se hizo el silencio. Era el sonido más solitario que jamás hubiera oído.

  Con seguridad, John T. descubriría su ausencia y regresaría. Don oteó el horizonte, recordando su entrenamiento en la marina para luchar contra el pánico, y esperó. Pasaron diez minutos y nada sucedió.

  ¿Qué es lo que haré? La temperatura del agua era lo suficientemente baja como para causarle hipotermia, si no se mantenía en movimiento. ¿Por cuánto tiempo podría mantenerse en el agua? ¿Y no sufriría un calambre o, peor, atraería a algún pez vela o a los tiburones? Qué sucedería si se ahogaba o era destrozado por algún pez y después mi cuerpo aparecía en la playa? ¿Cómo soportaría su familia un trauma así?

  Se quitó los zapatos, para tratar de usarlos como flotadores, pero lo único que logró fue que se llenaran de agua. Los dejó que se fueran. Ahora le costaba más respirar y se le hacía más difícil flotar, tanto de espalda como sobre el estómago. Habían pasado veinte minutos. Veinticinco ...

Hacía mucho tiempo que Don no pensaba en Dios. Ahora le rezó en voz alta.

-Dios -le dijo mientras las olas le pasaban por encima-, estás usando medidas muy drásticas para llamarme la atención. Siento no haber tenido la suficiente inteligencia como para escucharte. Si Tú me dejas vivir, yo cumpliré la misión que me encomiendes, sea lo que fuere.

  Después de esto, Don oyó una voz en su interior. ¿Era Dios? No, esta voz era seductora, incluso provocaba miedo.

  -No -le susurraba la voz-, no saldrás de esta situación. ¿Por qué no te relajas y mueres pacíficamente?

  Don no le prestó atención. Aunque volvió a oírla, esta vez más insistente.

-Ríndete, ríndete ...

  -¡No! -le contestó Don en voz alta-. ¡Lucharé! -¿Cómo?

  Hacía mucho tiempo que estaba en el agua y se sentía más frío y lento. Se hundiría pronto, por última vez?

  -Vamos, Don -la voz insidiosa lo estimulaba una vez más--. Sería tan fácil...

-No lo haré -dijo Don con los dientes apretados y temblando. Sabía que estaba siendo tentado en la muerte, así como sucede en la vida. Pero casi inconscientemente se tomaba del puerto seguro que había conocido hacía tanto tiempo. Dios, quédate conmigo ahora, rezó.

  -¡No me rendiré! -le gritó a aquel enemigo sin nombre-. ¡Incluso si me encontrara a metros de profundidad!

  Su voz hizo eco en las olas. De alguna forma supo que la voz insidiosa se había ido. Volvía a estar solo.

  Había pasado ya casi una hora y lentamente Don comenzaba a hundirse. Por momentos pensaba que estaba por encima de las olas, sólo para abrir los ojos y darse cuenta de que estaba debajo. Esa fue la razón por la que, primero, no estuvo seguro de oír el ruido de un motor. Después, como si estuviera soñando, divisó algo que se movía hacia él. Al principio tenía unos pocos centímetros de largo... ¡un barco, con una figura al timón -John T. oteaba el horizonte con unos binoculares!

  -Lo oí gritar mi nombre con entusiasmo, y supe que me había visto -dice Don-. Creo que por un momento perdí el conocimiento. El grito de John T. me despertó.

  -¡Toma la cuerda!

Exhausto, Don alcanzó a tomar la cuerda, enroscándosela en el brazo, ya que estaba demasiado débil como para asirse de ella.

  --Recuerdo haber sido arrastrado por el agua y quedar enredado -dice Don. ¡No podía salir! Luego sintió unas manos fuertes que lo tomaban de su bíceps y antebrazo derechos, sosteniéndolo. ¡John T! ¿Por qué se había metido en el agua? ¿Quién timoneaba el barco?

  Y ahora había un segundo par de manos del otro lado, que lo tomaban de su bíceps y antebrazo izquierdos. Las manos parecían empujarlo, impulsándolo a través de una increíble distancia. ¿Dónde había John T. encontrado a otra persona para que lo ayudara?

  De alguna forma, Don apareció debajo de la escalerilla y John T. le gritaba:

-¡No te sueltes! ¡No te sueltes!

  Don no podía hacerle caso. Sus músculos exhaustos, congelados, se negaban a responderle. Después de todo, se ahogaría aquí. .. Entonces sintió unas manos firmes debajo del agua, que le colocaban un pie sobre el peldaño inferior. Unas manos fuertes lo empujaban por las nalgas.

  -De repente, yo estuve parado sobre la escalerilla -dice-. y John T., que pesa casi veinte kilos menos que yo, me dio la vuelta y me arrastró hasta subirme al barco.

  Un helicóptero de la guardia costera colocó por fin a Don en una camilla, lo sacó del Perseverance y lo llevó al hospital de la Universidad de Jacksonville, donde permaneció internado durante cuatro días, para ser tratado por las consecuencias de la hipotermia. Sólo más tarde Don recordó los extraños acontecimientos que rodearon el rescate.

  -John T. -le preguntó al otro día-, ¿quién ayudó para subirme al barco?

John T. frunció el entrecejo. -¿De qué estás hablando?

  -Sé que estuviste en el agua con alguien más, porque sentí otro par de manos que me sostenían --explicó Don-. En realidad, yo no pude subir la escalerilla y ustedes dos me empujaron.

  John T. mostró una expresión extraña.

  -Yo no me metí al agua, Don -dijo él-. Te subí desde la plataforma del trampolín. Y estaba solo.

  Hoy, Don está sano y ya ha regresado al timón de su barco y a su vida normal.

  -No sé por qué me salvé de la tentación y de la muerte --dice-. Pero siento que debo prestar atención y esperar a que se me muestre qué debo hacer. -y mientras espera, agradece. A John T., por su habilidad y coraje.

  Y a las manos celestiales que vinieron en respuesta a sus oraciones.

 

 

Joan Wester Anderson - Cuando suceden los milagros
 
 
 
 

Recuerdo que esa tarde iba a visitar a mi abuela. Salí de casa con la intención de tomar el colectivo (pequeño autobús). Sólo tenía que cruzar una carretera y llegar a la parada. Como de costumbre, miré a derecha e izquierda, comprobé que no venía ningún automóvil y me dispuse a pasar. Di cuatro pasos cuando, de pronto, “algo” me agarró por la chaqueta con una fuerza tremenda. Me quedé clavado, sin poder avanzar, y en ese momento pasó a menos de un centímetro de mi nariz un camión enorme, de esos que sirven para desatascar las alcantarillas. No te exagero, a menos de un centímetro. Inmediatamente escuché los alaridos de varias vecinas que pensaron que el camión me había pasado por encima. ¡El hijo de la señora Juana!, gritaban. Se acercaron a mí llorando, hasta que comprobaron que estaba perfectamente, sin un rasguño. No sé de dónde demonios salió ese tráiler, pero lo que tengo claro es que alguien invisible evitó mi muerte.

 
Gloria Alonso
 

 

Historia de Margaret y su marido, Paul

 

Una noche, él salió a pasear con el perro por un jardín cercano a la vivienda familiar mientras ella se encontraba en el porche. A pesar de la distancia, veía perfectamente a su esposo y al can a lo lejos. Entonces escuchó una voz que decía “¡Paul!”. Según Margaret, era una voz de hombre, la más dulce que haya escuchado jamás. Estaba pensando en cómo reaccionar cuando de nuevo se hizo audible el nombre de su marido: “¡Paul!”. La mujer vio cómo este se paraba en seco, como si también hubiera oído la llamada, y entonces observó que un árbol enorme se precipitaba hacia el suelo, muy cerca del hombre. Este regresó de inmediato a casa, reconociendo que, efectivamente, había oído en dos ocasiones que lo llamaban por su nombre. En la última ocasión se quedó quieto y eso evitó que el árbol se desplomara sobre él.

 

Por donde los ángeles caminan – Joan Wester Anderson